martes, 26 de agosto de 2014

Buenas noches, la siguiente será la buena.

Hace frío pero aun así me remango la sudadera. Ya es tarde y en la calle no hay nadie, solo de vez en cuando algún alma perdida que anda vagando y que al pasar a mi lado no me mira a la cara. A algunas personas les asusta la oscuridad, a mi me da mucho tiempo para pensar y eso en realidad es lo que me asusta, me asustan mis pensamientos, me asusta lo que ellos puedan hacer conmigo... Meto las manos en los bolsillos de la sudadera y dentro encuentro una goma de borrar, que curioso, no recuerdo haberla metido ahí. Continuo caminando con mucho cuidado de solo pisar las lineas blancas en los pasos de cebra; uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete y ya he llegado al otro lado del abismo peatonal. El muñequito rojo me dice que no lo haga, el verde que si, yo no les hago caso y cruzo sin mirar a los lados ¿Qué mas da...?

Echo de menos mi música, en estos momentos siempre me ayuda muchísimo a sobrellevar el peso de la oscuridad. Hay noches que pesa demasiado y necesito sentarme en cualquier sitio, apoyar los codos en las rodillas y meter la cara entre las manos; me hace perder el aliento, me falta el aire, no puedo respirar ¡AAAAH!
Me levanto y sigo caminando, dirección a mi casa, o eso creo. Es raro, ya no me llaman para saber donde estoy, solo para saber cuando voy a volver y empezar molestar. Una luz azul inunda la calle y proyecta mi sombra sobre el suelo; alargada, estrecha y oscura, vuelvo la mirada y un coche patrulla pasa a mi lado. No tengo nada que ocultar que ellos sepan, aun así me pongo la capucha y miro las lineas de la acera. Nadie se fija en las lineas de la acera...

¿De quién serán esos chicles? ¿Cuándo, cómo y por qué se habrán caído? Son como las estrellas del cielo... en el suelo, como los lunares de su cuerpo... en el suelo, como el sabor de muchos besos... en el suelo. Antes serian blancos, rosas, verdes, azules, amarillos pero ahora están corrompidos, la noche destiñe y los tinta negros. También hay muchas hojas, son amarillas amarronadas o marrones amarillentas, ellas son mas libres que los chicles, no se atan al suelo, se mueven con el viento. Es tan bonito verlas bailar unas con otras en el aire, entre las farolas, marquesinas y papeleras, que me dan ganas de convertirme en un hoja de un árbol caduco.
¿Qué hora será? No tengo batería en el teléfono y siempre que miro a un reloj callejero este marca la temperatura nocturna, parece que observan mis movimientos y no me dejan ver el avance del tic tac. Voy saltando de alcantarilla en alcantarilla, como si de pequeñas islas en un mar de lava se tratase. Nunca me quise quemar pero contigo sentí el calor del fuego como nunca.

El ritmo de mis pasos y el ronroneo de las maquinas expendedoras hace que pierda la noción del tiempo y de la distancia recorrida, mis pies se mueven solos y parece que saben a donde van, yo me dejo llevar, no tengo prisa. Derecho, izquierdo, derecho, izquierdo, rrrrrrhhh, derecho, izquierdo, derecho, rrrhhrrrh, izquierdo, derecho, izquierdo, derecho... Me apetecen gominolas, ya no hay papel de liar y la luz de las patatitas F8 no funciona.

Desde hace un rato un olor raro me acompaña. Me miro la suela de los zapatos y no veo nada extraño que pudiese ser el causante de tal olor. Puede que lo que huela mal sea mi conciencia, remordimientos por algo, por alguien, por ti, por ella, por aquello, por nada... El camino está tan lleno de recuerdos que es imposible que no duela, cada paso es un recordatorio de mi propia estupidez; de mi continua, sobresaliente y profunda estupidez. Lancé tantos besos al aire que no tuvieron respuesta que me quedé sin labios con los que poder beber hasta emborracharme para olvidarlo todo. Hablando de besos y alcohol, el puticlub Labios está abierto, paso por delante y las putas al verme ni se molestan en intentar piropearme.
Farola tras farola me sigo acercando a donde sea que estuviera yendo, un par de delirios mas y supongo que habré llegado. En cada calle veo una caricia furtiva, una mordida en el cuello, una despedida alargada por los besos; todas esas cosas que querría que hubiese pero que no existen. Intento esquivar estos pensamientos metiéndome por una paralela pero no hay manera de librarme de ellos; allí fue cuando pase mi mano bajo tu falda, en aquella esquina cuando nos cruzamos por segunda vez y tu ibas con un gorrito de lana, o en aquella otra donde me mordías el labio con tantas ganas.

El único que parece saber lo que me pasa es el sereno, acostumbrado a verme volver a casa con las manos en los bolsillos, siempre por el mismo camino y siempre con el mismo rostro. Me mira y me dice "Buenas noches, la siguiente será la buena". Yo le contesto con una leve sonrisa. Sabe que cada noche salgo a buscarte por los portales y que no te encuentro, que acabo tirado y que hay noches que no vuelvo, que me meto en la cama, doy mil vueltas y no me duermo, que de pensarte son las ojeras que tengo.

La llave pequeña para el portal. Subo los escalones a oscuras para no vernos allí sentados pegados a la pared comiéndonos los labios. Cuarenta y dos escalones con la mano en la misma barandilla en la que dejábamos la ropa y la vergüenza.
La llave grande para la casa. Ahora el suelo me dice "Bienvenido" y yo lo que quiero es largarme, salir otra vez y buscarte. Dos vueltas de cerrojo, todo a oscuras, entro, todo a oscuras, por el pasillo, todo a oscuras. No quiero pensar, me estalla la cabeza. Conecto el teléfono, lo enciendo y pongo la alarma. Buenas noches, la siguiente será la buena.


domingo, 10 de agosto de 2014

Ella es Sofía Nº 3.1. Pegate a mi

-Ulises date prisa, vamos a llegar tarde -dijo Sofía señalándole el reloj del teléfono- Sara y Luis ya nos estarán esperando en la plaza.
-Ya voy, ya voy, estoy terminando de peinarme -contesto Ulises desde el baño.
-¡Hombres...! ¡Y que tenga que ser yo la que espere por él! Manda narices...

En la calle ya se olía la fiesta, los voladores y los petardos estallaban por los aires en todas las esquinas de la ciudad mientras los niños corrían con bengalas chispeantes en las manos. Mientras la pareja se iba acercando a la plaza, la música proveniente de las carpas iba aumentando de volumen; el sonido de la orquesta, la risa de la gente y el trasiego de colores que circulaban delante de ellos era espectacular. La ciudad estaba viva y ellos formaban parte de ella. En el suelo, la plaza estaba coronada con una Rosa de los Vientos de unos dos metros y medio de diámetro hecha de pequeños azulejos; azules, blancos y rojos. Allí habían quedado con Luis y Sara, pero como siempre que se reunían, estos llegaban tarde.

-Mientras llegan voy a pedir unas copas -dijo Ulises- vengo ahora.

Cuando volvió con las bebidas, se encontró con un ruidoso cochecito de bebes del que salían unos llantos espantosos. Ulises siempre había tenido autentico rechazo por los niños pequeños y no tenía mucha paciencia cuando se trataba de llantos, pañales y biberones. La pareja que llevaba aquel bulto tan molesto estaba hablando con Sofía.

-Al pobre, el ruido y los petardos le han asustado - dijo la chica- Creo que nosotros nos iremos ya a casa.
-Es una pena que os tengáis que ir. Es muy guapo, tiene tu nariz y tus ojos, Lucía -señaló Sofía con una sonrisa.

Esta se fijó que Ulises volvía con las copas y con una cara un poco insegura. Ella ya sabía lo poco que le gustaban a él los bebes y en general los niños pequeños así que al coger su vaso de la mano de Ulises le miro pidiéndole un poco de paciencia.
Tras las presentaciones con Ulises y los tradicionales planes de quedar a tomar algo en otra ocasión, la pareja se despidió y volvió a casa por el paseo de la playa.

-Ya se, ya se, no te gustan los bebes ¿Vamos a bailar? - rió Sofía quitándole hierro al asunto.
-¡Claro! tengo ganas de menear tus caderas.

Ulises la cogió de la mano y le dio una vuelta sobre si misma en dirección a la carpa. Aquello estaba a reventar, los camareros de las barras no daban a basto en atender a toda la gente. La orquesta ni mucho menos era conocida pero conseguía, no se sabe bien como, animar al público con canciones viejísimas pero que todos parecían conocer al pie de la letra.

Bailaron, rieron, jugaron, se seducían mutuamente juntando sus cuerpos en cada compás de la música, la bebida corría; ron cola, vodka naranja, vodka redbull, jagger, tequila...
La lengua se les iba soltando y todo les hacía gracia, era un espectáculo verlos bailar, no eran malos bailarines, incluso estando un poco "alegres". Sofía se dejaba llevar y Ulises la guiaba con las manos, la movía, la traía y la giraba cuando el quería, sin perder el ritmo y sin dejar que el liquido del vaso se vertiera.

-Cógeme Ulises, no me sueltes ¡Allá voy!

Gritando esto, Sofía salto sobre Ulises y quedó enganchada a su cuerpo con piernas y brazos, mientras él la sostenía apretándola contra si. Ulises dio dos pasos hacia atrás y la miró a los ojos, ella le devolvió la mirada y cuando fue a darle un beso el cambio de peso desequilibró a Ulises y le hizo caer de culo en el suelo con Sofía encima. Toda la gente de su alrededor se les quedó mirando pero ellos, después del susto inicial, se empezaron a reír a carcajadas, nada les importaba cuando estaban juntos.

-Que bien os lo estáis pasando sin nosotros, ya verás a quien le va a doler el culo mañana -dijo Luis riendo.

-Bueno, seguro que no tan bien como vosotros -contestó Ulises mientras se incorporaba con Sofía- por la arena de tus zapatos y por la marca de pintalabios en tu cuello diría que la playa os ha sentado muy bien.

Sara se puso roja como un tomate y se rió timidamente.

Pasadas unas horas, la carpa se fue vaciando pero Sofía y Ulises ya habían decidido volverse a casa media hora después de haber perdido por tercera vez a Luis y Sara entre el tumulto, les dejaron un mensaje en los teléfonos y se fueron caminando de vuelta al piso de Sofía entre tropezones, besos y promesas lascivas recitadas al oido.
Subiendo en el ascensor no faltaron los besos con lengua y las manos juguetonas bajo la camiseta; los susurros al oido y las mordidas en el cuello. Entraron chocándose con todo, sin parar de besarse y empotrándose contra la pared para ir quitándose pieza a pieza la ropa que ya parecía que les quemara.

-Te cojo Sofía, no te suelto.

Y diciendo esto, Ulises la agarró mientras ambos caían sobre las finas sábanas de verano.

viernes, 8 de agosto de 2014

"Mi minimapa escatológico": CAPITAL

Jueves noche, 23: 33 bajo la oscuridad. En el cielo, los ojos titilantes de unas fieras emboscadas que están al acecho, no hay estrellas, hoy no. Voy en el último tren del día y tengo claro cual es mi parada de destino. No importa lo oscuro que a simple vista esto pueda parecer al ojo ingenuo, para mi, es un desahogo dentro de la falsedad del mundo, es un refugio con la sinceridad mas brutal.

El tren sale del túnel por el que había sido engullido y mirando por la ventanilla la ciudad está iluminada por los grandes focos de las discotecas y los fuegos en los que los gordos mendigos piden limosna para comprar una triple con queso. 
Por el altavoz del tren se escucha: "Última parada, Ciudad Pecado"
Yo, sonrió impaciente. 

Previsión climática: Alta humedad, calor sofocante y con probabilidad de precipitaciones.

Al abrirse las puertas de mi vagón ya se podía sentir en el aire el aroma del éxtasis. Dicen que no hay dos personas que lo huelan de la misma forma, cada una tiene su propia manera de oler el pecado, a mi por ejemplo me huele a o, cosa que seguro me viene de la infancia.

Este era sin duda el lugar que mas me aburría de la ciudad. Estaba en Parada Pereza. Toda la gente que trabajaba aquí hacía lo mínimo e incluso menos si les era posible. Para pagar era aconsejable llevar el dinero exacto, el taquillero podía tardar entre 5 y 10 minutos en contar una moneda grande y entre 15 y 20 minutos una pequeña, así que quedaba descartado el uso de la calderilla.

00:47 del nuevo día. Por fin he salido de la estación tras tener que ver como el taquillero contaba los dos bitcoins y medio que costaba el billete de vuelta. Lo compré ahora porque a las 6:30 de la mañana, con resaca y con el cuerpo molido no es muy apetecible quedarse dormido en la estación de Ciudad Pecado esperando por el vago de turno.
Ya fuera, solo puedo decir que me siento un poquito mas viejo. Tengo el cuerpo cansado y los músculos agarrotados, aunque en la calle, poco a poco vuelven a su estado normal. Una de las cosas que siempre me han parecido muy extrañas en esta ciudad es que cada lugar tiene "asignado" un pecado y este influye en las personas que se acercan a estos santuarios de perversión como el dulce veneno inunda el cuerpo del que ya esesta enfermo.

Quiero llegar a la esquina de Calle Adulterio con Calle Suicida y no recuerdo si era el portal Nº 33 o el Nº 53, cuando llegue allí las profesionales del oral ya me indicarán. Está en la otra punta de la ciudad pero por nada del mundo se me ocurriría coger un taxi, eso es solo para turistas que buscan divertirse con experiencias fuertes. En esta ciudad, los taxis son la ruleta rusa de la carretera; puedes ser la estrella de una violación en grupo, el protagonista de una paliza sin final feliz o el buen samaritano que acaba en una bañera por "donar sus riñones". Hoy no tengo cuerpo para esas cosas, así que iré andando.

Es fácil perderse en una ciudad tan repleta de perversas posibilidades, siempre hay algo nuevo que haga que los sentidos se te disparen o algo nuevo que te dispare sin sentido. 00:51 y Calle Mayor con Menor está abarrotada, se puede ver como las señoras van tan cargadas de maquillaje, pieles caras, grandes sombreros y joyas que parecen los pavos reales de la soberbia. Van caminando meneando las caderas y exagerando todos sus movimientos, paran a mirarse en el reflejo de todos los escaparates y con su pintalabios se repasan los labios de color rojo pasión (putón, no nos engañemos).

Se acerca la hora, 01:17 y el espectáculo está a la vuelta de la esquina. He tenido que correr los cien metros lisos escapando de unos tipos extraños con gabardinas y piruletas. ¿Tan joven se me ve? Debe de ser que me he afeitado y parezco un quinceañero. El olor a regaliz ha ido intensificándose a medida que me iba acercando a Colisevm, el bullicio de personas era abrumador, todos estaban esperando pasar una velada agradable con los espectáculos programados para esta noche.

Yo había comprado mi pase por internet por seguridad, no quería que me arrojaran a un callejón antes de tiempo diciendo "el dinero o la vida". Al final era en Calle Suicida Nº 33 y me podría haber ahorrado tener que pagar a las furcionarias del sexo por que me agarrasen las partes bajas y me señalasen el lugar, la dirección estaba indicada en el reverso de la entrada junto a los pechos de una exuberante mujer.

En la fachada del edificio, un gran letrero luminoso anunciaba los participantes nocturnos:
  "SEBO, RÓMULO, PÍCARARA Y PARA FINALIZAR UN INVITADO ESPECIAL ¿?¿?¿?¿?"

Las 01:28 y el publico ya está sentado, cada uno en su butaca, a mi me ha tocado la letra G en la fila 4. Los 1208 asientos de los que dispone la sala están ordenados circularmente alrededor de un escenario al que se accede por una pasarela colgada por encima del público. Toda una obra de ingeniería.

01:30, las luces se apagan por completo y dos focos se vuelven a encender apuntando al centro del escenario donde apareció una mujer ataviada con un vestido negro con puntitos blancos, unos tacones y un pañuelo del mismo estilo que el vestido atado al cuello.

-¡Damas y caballeros! Yo seré su anfitriona en esta noche de placer, el espectáculo de hoy consistirá en tres magnificas actuaciones y una sorpresa final; todo acto impuro está permitido si ello no hace que se levanten de sus asientos, haremos tres pausas y si lo desean pueden avisar a nuestras sexys camareras si lo necesitan. ¡Y sin mas dilatación, Colisevm se enorgullece en presentarles aaaa... SEBO!

Nada mas terminar de decir esto las luces se volvieron a apagar y el suelo empezó a temblar ritmicamente.